Hace un calor insoportable. La persiana de mi cuarto apenas deja pasar la luz del sol, sólo a través de las rendijas se cuelan en la habitación unos leves rayos que motean la pared, mi cuerpo, a contraluz, se dibuja flotando en ella. El calor me ahoga hasta el punto que tomar la decisión de saltar de la cama y meterme en la ducha se convierte en una tarea para héroes. Retiro los mechones de pelo que el calor me pega a la nuca y recogiéndolos en una coleta los pongo sobre la almohada, doy media vuelta sobre mi misma y noto el hueco que ha dejado tu cuerpo en mi cama, me dejo caer sobre el espacio vacío que ocupabas, palpo las sabanas como si tu estuvieras de nuevo debajo de mí. Respiro hondo intentando absorber las partículas de tu olor que aun quedan allí. Así permanezco hasta que el sopor me inunda de nuevo, estoy cansada, mis párpados luchan por cerrarse, mi cuerpo empieza a recriminarme no haberle dado descanso esta noche.
No puedo dejar de pensar en lo que ha pasado, las imágenes vuelven una y otra vez a mí y las revivo ahora con la añoranza de tu cuerpo. Abro los ojos de nuevo y con otro giro vuelvo a mi lado de la cama, con la punta de mis dedos retiro una gota de sudor que se escapa entre mis pechos, hace solo un instante que era tu boca la que ocupaba ese lugar, y es por ese recuerdo que el breve roce de mis dedos ha hecho que me estremezca. La habitación huele a sexo. Con un movimiento casi instintivo, como el de quien está rascando las cuerdas de una guitarra, paso mi mano una y otra vez de mi vientre a mi estómago, con una cadencia suave, apenas imperceptible. Y es este gesto suave el que comienza a erizarme el vello. Esta dulce sensación mezclada con el recuerdo de esta noche se convierte poco a poco en ardiente deseo por tenerte otra vez junto a mí. Suavemente voy bajando mi mano, primero mi vientre, un poco mas abajo mi dedos empiezan a jugar a enredarse en el escaso vello. Sonrío recordándonos en el baño, ¡que amenazante parecías con esas tijeras en la mano! Te he convencido para que utilizaras una maquinilla para rasurarme y entonces con mimo pero con decisión me has hecho como tú decías esta pequeña obra de arte. Me he sentido incomodada, pero tus besos y tu ternura han hecho que esa sensación pronto desapareciera. Te veo de nuevo jugando con la otra mano en mi clítoris (que palabra tan fea para todo lo dulce que hace sentir) con la excusa de que no querías hacerme daño con la cuchilla .¡Cómo nos hemos reído!
Vuelvo al momento y me doy cuenta que poco a poco mis dedos están humedeciéndose entre mis labios calientes. De nuevo los noto palpitantes, como si me estuvieran suplicando que les librara de esa leve sensación de hinchazón que provoca en ellos mi deseo de ti. Me abandono. Se apoderan de mi las ganas y el deseo y es entonces cuando tímidamente uno de mis dedos empieza a trazar, con decisión, esos movimientos que hacen que mi cuerpo empiece a estremecerse y la respiración que hasta un momento antes tenia una cadencia constante, empieza a ser mas profunda y entrecortada, mis piernas se cierran en torno a mis manos justo en el momento en que hago resbalar mis dedos por esa humedad constante hasta desembocar en mi vagina, mis caderas se elevan solas y mi cuerpo se agita, como unas horas antes se agitaba cuando eras tú el que estaba dentro de mi. Me aferro a la almohada, como para tener un punto de apoyo mientras mi cuerpo se desborda en una sensación de placer indescriptible. Cesan todos los movimientos y cada cosa vuelve a su sitio, mis piernas se relajan, mi cadera vuelve a posarse en el colchón y mi respiración vuelve a tener la cadencia que tenia al principio. Suena el teléfono. Tu voz al otro lado, pregunta “¿que haces?”, yo respondo “amarte”.