La historia de cómo un compromiso de trabajo terminó en una noche de placer extremo... sometida por mi nuevo jefe.
Pues resultó que como todos los años, la empresa organiza reuniones y eventos donde asiste todo el personal, o al menos la gran mayoría, ya que siempre son en hoteles de gran lujo y renombre. Recuerdo que el último año la reunión fue en el Sheraton Pilar. Este año sin embargo, los planes eran para el Hilton, y además asistiría gente nueva de todos los cargos que había llegado a la empresa en el curso del año, entre ellos José, mi nuevo jefe. Hacía poco que estaba pero las chicas me habían hablado muy bien de él. Y desde el principio tuve la oportunidad de comprobarlo por mi misma.
Como su secretaria personal estaba muy exigida, pero se llevaba muy bien conmigo, de hecho creo que mejor que con las demás. Con frecuencia me invitaba a almorzar a las confiterías cercanas al mediodía y compartíamos charlas en su oficina en las que no faltaban indirectas de todo tipo tanto de mi parte como de la suya, pero él siempre las terminaba con una amplia sonrisa que no dejaba dudas sobre que se trataba de una broma y yo además sabía que él era un tipo casado y muy de su mujer como para hacer algo extramatrimonial.
Era un tanto confuso; por un lado se mostraba bromista y alababa mi inteligencia como nadie jamás lo hacía, y por el otro seguía con sus dobles intenciones, como provocándome para que le diera lo que quería.
Como ya dije, aunque extrañas, no pasaban de bromas y chistes picantes.
Sin embargo, al igual que todos los chistes, sus comentarios y contínuas alusiones picarescas a mi generoso busto y a mi cola encerraban algo de verdad. No me lo decía abiertamente, pero había visto como me miraba las tetas y podía sentir su mirada en mis piernas y en mi cola cuando me daba vuelta. Eso, sumado a cosas que escuché en el baño por haber chusmeado con mis compañeras me dieron la idea completa de sus intenciones, hasta que un buen día, en una de esas charlas medio en broma medio en serio le saqué de mentira a verdad lo que todo el tiempo me decía sin querer decirme nada.
Y una vez segura de que así era no pude reprimir la calentura que me agarré con él.
Ahora las indirectas eran en serio y se hacían cada vez más intensas a medida que se acercaba el día de la reunión, hasta que al final decidimos lo que pasaría, o más bien dicho cómo sería.
Iríamos a ese cóctel como cualquiera, la excusa perfecta para poder salir a vernos sin problemas, pero una vez concluido nos quedaríamos en la habitación reservada a nuestro nombre en ese mismo hotel, a solas...
Sabía que esa noche sería la única oportunidad que tendría y sabiendo lo calientes que estábamos el uno con el otro quería hacerle pasar una noche realmente para el recuerdo
De manera que aquel viernes, después del horario laboral cada una fue a casa como un día cualquiera pero a prepararse para una noche muy particular. Luego de una buena ducha elegí mis prendas con todo el cuidado pero a la vez dispuesta a ‘matar’ a José, así que me puse un portaligas blanco con las medias blancas, una cola less muy finita blanca transparente y con dibujos de telas de araña, pero sin corpiño. Arriba un vestidito de lycra negro sin hombros, hasta los pies y muy ajustado, con cuatro grandes cortes que llegaban muy hasta arriba y que dejaban mis piernas por completo al descubierto al caminar, casi dejando apenas a la vista los ganchitos que sujetaban mis medias al portaligas. Por último mis sandalias negras de taco aguja terminaron con mi vestuario.
Pero la otra parte de la sorpresa estaba oculta dentro de mi cartera: me llevé el consolador que tan bien supe ganarme aquella noche en el sex shop, donde sentí por primera vez un orgasmo por el culo con una cosa así completamente atorada la concha.
Maquillada y perfumada como nunca, llegué a la entrada del Hilton, al sector donde se encontraban mis compañeros y tras unos minutos de saludar a unos cuanto conocidos y de recibir algunos elogios busqué con disimulo a José con la mirada, hasta que lo vi y haciendo un gran esfuerzo por controlarme fui a su encuentro.
Al verme pude observar como me calcinaba lentamente con la mirada mientras yo lo desvestía con la mía, intentando disimular la oleada de calor que me vino al cuerpo de sólo verlo.
José era alto y bien formado, de hermosos y expresivos ojos celestes y llevaba el pelo castaño prolijamente cortado, pero su atuendo resaltaba aún más todo el porte de caballero y la elegancia que lo caracterizan. La reunión transcurrió de forma animada y muy divertida, durante la cual nos reímos y creo que hasta nos pasamos un poco de copas, bailamos y cuando se hizo tarde vimos como la mayoría empezaba a retirarse.
A los veinte minutos, cuando casi no quedaba nadie, un empleado del hotel me avisó que un caballero me esperaba en la suite N. 42. Con el pulso aceleradísimo fui al ascensor y una vez en el cuarto piso busqué la segunda habitación, cuya puerta estaba sin llave. Una vez adentro cerré la puerta con llave y lo encontré sentado en un sillón con un vaso de whisky con hielo en la mano mirándome fijamente, tras lo cual se paró y fue a una mesita a servirme uno a mí, que ya estaba avanzando hacia él. Al llegar me dio mi vaso y tras tomar un buen sorbo los dejamos en la mesa le rodee el cuello con los brazos y nos dimos un beso profundo y muy cargado de toda aquella calentura contenida, ahora liberada.
Lo besé ansiosa a la vez que él descubría mis enormes pechos debajo del vestido y me comía la boca en un gran beso que terminó mordiéndome el labio. Sin dejar de besarlo agarré su gran bulto, a penas soportado su peso por el slip, moviéndolo y estimulándolo desde afuera mientras sus manos me apretaban las nalgas. Di media vuelta hasta darle la espalda, logrando que me besara el cuello hasta marcarme y mientras me dejaba llevar por sus caricias casi no supe cuán desnuda estaba hasta que en un segundo mi vestido cayó al piso dejándome todo a la vista.
Abrazó mi cintura colocando su evidente erección en la hendidura que forma la unión de mis redondas y firmes nalgas y yo suspiré profundamente al sentir el bulto rozarme el culo, di un respingo hacia atrás y comencé una oscilante ondulación que no hizo otra cosa que aumentar más nuestra calentura con ese roce. Sus manos se concentraron en mis grandes y hermosos pechos, acariciándolos, sopesándolos, mientras su lengua en suaves pinceladas me lamía el cuello y su boca me mordisqueaba el lóbulo de la oreja, percibiendo como mi respiración se aceleraba.
Así de espaldas como estaba sentía sus manos recorrer mi cuerpo de principio a fin, acariciándome desde la punta de los pies toda la pierna hasta darme un fuerte apretón en mis firmes caderas mientras yo me derretía en sus brazos del deseo.
Sus manos volvían sistemáticamente a mis tetas, a las cuales ya desnudas completamente, frotaba desde abajo hacia arriba juntándolas en el medio, rozando los pezones con la yema del dedo medio. Alternaba esto con suaves pellizcos, hundiéndolos de vez en cuando, y sacándolos hacia afuera como quien ordeña para sacar leche... a esa altura, ya la calentura hacia estragos en él, traduciéndose en chupones en mi cuello y en mí convirtiendo mi vagina en un mar de flujo.
Ardiendo como loca di media vuelta y me arrodillé frente a él, bajándole apenas el slip para encontrarme con su terrible pito a escasos centímetros de la boca. Al bajarlo mostró una tremenda erección que lo hizo salir bruscamente por debajo del elástico, quedando casi vertical de lo parada que estaba y por demás inflamada. Con un largo promedio y un grosor más que aceptable, una colorada cabeza coronaba la punta haciéndolo ver en conjunto como un miembro muy apetecible de comer, del que colgaban dos robustos huevos listos para mí.
Sin esperar más abrí bien la boca y cerrando los ojos empecé a comerlo despacio, rodeándolo con los labios y saboreando cada centímetro desde la cabeza hasta los huevos, metiéndomelo en la boca hasta sentirlo en la garganta. Ya tenía la cara pegada a su vientre plano y sus huevos tocaban ya el comienzo de sus bolas, y me quedé así durante un par de minutos, disfrutando de toda su pija alojada en mi garganta.
Me la saqué de la boca completamente para darle una buena mamada, aún despacio como a él le gusta; primero lamiéndole los huevos hasta la punta de la verga, después sólo en la cabeza jugando con mi lengua, envolviéndola con los labios, para luego ir chupándola de a poco hasta la mitad. Se la chupaba con todo mi arte de puta, tan inocentemente como una nena con una golosina mientras lo miraba a los ojos, viendo como se estremecía de gusto. Tenía el pito ardiendo y muy parado, cosa que aproveché para acercarme un poco más y ponerlo al calor de mis tetas, justo en el medio de ellas para luego juntarlas y taparlo casi por completo, sólo la cabezota quedaba a la vista.
Bajó la mirada al sentir el cambio y enseguida vio y sintió mis desmesurados pechos frotándole el pito suavemente, con movimientos largos que iban de la base hasta la cabeza. Me agarraba las tetas y las juntaba al frotar cuidando de que no se saliera la enorme verga que llevaban entre medio al tiempo que sus gemidos se hacían oír cada vez más.
No pude con mis ansias y tras agarrarle la verga se la chupe entera de principio a fin, rápido y sin parar, tragándola toda tan vorazmente como pude, hasta que me frenó para no hacerle acabar ahí mismo.
No, todavía no. Antes tenía pensadas muchas cosas para mí...
El deseo pudo más que él y me llevó de la mano hasta hacerme sentar en el borde de la cama, tras lo cual llevó las manos a mi cintura y empezó a bajarme la bombacha desesperadamente, cosa que sin duda le hice más fácil y de la que me liberó en segundos. Nos mirábamos fijamente a los ojos mientras yo iba de espaldas hacia el centro de la cama, hasta que al llegar a la cabecera me incorporé un poco y terminé abriéndome impúdicamente de piernas para él, mostrándole mi concha rosada y babosa y más abajo el objeto de su eterno deseo... mi ano.
Se subió a la cama hasta mí y acercándose a mi entrepierna boca abajo la empezó a acariciar, pasando suavemente sus dedos sobre mi vulva, jugando con mis labios mientras esparcía los jugos que brotaban de ahí por todos lados. En un segundo vio el fuego que me inundaba y sin dudarlo empezó a cogerme la concha con los dedos, metiéndolos uno a uno, hurgando cínica y descaradamente en mi feminidad, el rincón más íntimo de mi cuerpo... Metía los tres dedos más largos y me masturbaba con ellos mientras su otra mano me pellizcaba los pezones y los retorcía, enloqueciéndome de gusto, complementando el manoseo con hábiles lamidas que me hacían delirar de placer. Me volvió tan loca que no me contuve al agarrarle la muñeca y forzarle la mano en un entrar y salir de dedos más brusco y duro que casi hizo que me la metiera hasta los nudillos.