lunes, 03 de abril de 2006

La Bella y la Bestia I El comienzo

Dejaste tu voz grabada en mi mente todo el día. Eres una maldita bendición, pensé. Después de esas palabras ácidas, duras y deliciosas que pronunciaste solo para mi aquella noche no he podido dejar de pensar en ti, en mi, en cómo nació esto que me despiertas y recordé la primera conversación que tuvimos. Acariciando mi rostro con una mano y en la otra una copa de vino tinto, me dijiste cerquita como en un susurro:

“Me gusta tu árbol genealógico, la nariz geométrica no venezolana, la frente de las llanuras desérticas, el cuello egipcio, el pelo recogido para la aerodinámica con que una amazona monta su caballo, y los ojos que dicen... no me jodas que te mato sin pestañear, así es que me gusta hacer los arboles genealógicos...”

Mi piel se erizo, cerré los ojos lentamente, suspiré profundo y sentido. No supe que pensar (hoy se exactamente lo que pensé). Al abrirlos, estabas mas cerca, rozando mi cuerpo con el tuyo y mas cerca como soplandome palabras en el cuello seguiste diciendo:

“Si supieras mis deseos
Me odiarías
Y ese es uno de ellos
Deseo que me odies
Que tu mirada lo irradie
Me mires tan fuerte
Que imante mi cuerpo
Porque si me dejas tocarte
Es para arrastrarte por los cabellos
Hasta el fondo del abismo del placer
Humillarte en lo mas intimo
Despojarte de la voluntad de negarte
Que no sepas como salir
Ni sacarme de tus entrañas
Y alla, sofocada y perdida
Vomites orgasmos de angustia
Hacerte venir hasta que te duela
Hasta que quieras mi muerte”

Eso acabó con mis nervios. Temblé tanto que cayó mi copa al suelo. Te vi a los ojos por primera vez, y casi me pierdo en ellos. Podría jurar que te vi el alma ardiendo. Me alejé de ti por unos minutos, pero seguía observándote de lejos. Como intentando desprenderme de esas palabras que recorrían mi cuerpo, pero era imposible. Retumbaban una y otra vez en mis oídos, en mi piel. Era imposible no acercarme de nuevo, eres como un imán para mis deseos. Me detuve a unos metros de tu cuerpo, no sabía que hacer, el miedo me paralizaba. Entonces fue cuando comprendiste que no había vuelta atrás que ya el mal estaba hecho, la flecha clavada y el fuego encendido. Diste unos pasos lentos y con la mirada fija en la mía. Me quedé quieta, respirando profundo para no desmayarme. Pasando lento, sin detenerte me dijiste:

“Quisiera que acabes conmigo... que me consumas entero... pero parte a parte... me tragarás entero y mi alma se evaporará en tu fuego y ni una lápida decente me harás”

Escalofríos, rayos, centellas, truenos y una gota de sudor que se cuela entre mis senos. Seguiste de largo hasta el otro extremo del salón. Me habías pasado la pelota a mi. Esperabas con atención que lanzara los dados. Respiré profundo. Acomodé mi vestido. Comencé a caminar lento, muy lento, esquivando personas, viéndote fijamente, haciéndote sentir la presa perfecta para mi turno en el juego. A medio paso de ti me detuve. Aspiré tu aliento de alcohol y cigarrillo, un gemido ligero escapó por entre mis labios y te dije:

“Te tragaría como un dragón abriendo mi boca de fuego y de ti, querido, solo quedarían cenizas”

Incorporándote e inclinando tu rostro hasta quedar frente a mi, tan cerca que ni el viento pasaba, respondiste desafiante con tu voz tan varonil como intensa:

“Qué harías con mis cenizas?”

Sonriendo con la peor de las intensiones, recuerdo que lo primero que se me vino a la mente era justo lo que te gustaría escuchar:

“Me embarraría en ellas... pintaría mi cuerpo desnudo con ellas”

A lo que alcanzaste a responder, reponiéndote de mis palabras totalmente inesperadas, con una risita entre nerviosa y burlona mientras te alejabas nuevamente de mi:

“Te desperdicias en otros”

Y cortándote el camino hacia la salida, te detuve. Mi mirada examinaba tu rostro a media luz, y desesperadamente esperaba que me tomaras en tus brazos, en ese mismo instante y me besarás con esos labios de fuego. En lugar de eso, solo dijiste:

“Mejor me voy para no quemarme en tu fuego”

Sonreí y me quité de tu camino no sin antes decirte:

“ Huye cobarde, se que regresarás, que mi fuego te enloquece... se que quieres quemarte mil veces... para que mis besos curen tu piel”

Y deteniéndote justo a mi lado, sin mirarme a los ojos pronunciaste tu propia sentencia:

“Siempre regresaré a ti... mi altar, mi monstruo, mi tótem, mi cielo, mi infierno, mi gata, mi dragón... frente a ti siempre seré un cobarde... porque eso es lo que somos los que amamos desde allá abajo... solo espero que estés ahí... cuando decida quemarme completo...”

Esta vez saliste y no esperaste mi respuesta. Ya la sabías, la imaginabas o no te interesaba saberla. De cualquier manera esas palabras fueron la sentencia divinas que ponías sobre nosotros. Ahora pienso que no eras tú el que hablaba, eran tus demonios y los míos en un consenso divino dictaminando nuestro futuro juntos.




LAS INMUNDICIAS VERTIDAS SOBRE JP SANCHEZ AÚN LE HARAN MÁS GRANDE




Tags: JP Sánchez, inocente



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