Habíamos embarcado muy temprano y el mar agitado y verde, hacia presagiar malos agüeros, el submarino llevaba varios días con un ruido extraño que los mecánicos no habían detectado todavía su procedencia. Eboel que nunca perdía el sentido del humor esos días se le notaba mas melancólico, todos sabíamos de sus dotes de clarividencia para los sucesos. Había puesto en lo alto de su taquilla el búho de la buena suerte para que nos protegiese de la mala suerte.
Pasaron tres horas aproximadamente desde la salida de puerto, cuando de pronto un impacto súbito hizo que el submarino perdiese el control , el capitán activó la alarma y todos fuimos a nuestros puestos preguntándonos unos a otros que ocurría.
En ese momento yo me encontraba en mi litera recostado, leyendo cuentos clásicos, para leérselos mas tarde a mi hija. Era una de mis aficiones preferidas y la mas reconfortante, leer cuentos a Tati, eran los momentos mas maravillosos, ella mirándome atenta con los ojos abiertos como platos sin pestañear, sin separarse de mí, y mientras yo, procurando emocionarla, cuando terminaba de narrarle el cuento a mi manera particular, me decía, otro cuento papá, otro cuento papá, palabras colmadas de cariño y agitación que conseguían ablandar mi corazón y ceder a su petición con agrado.
El cuento que yo estaba leyendo, era el de caperucita roja y el lobo feroz, ya había terminado y solo faltaba dárselo a Eboel que lo llevase a la impresora para sacarme una copia.
El submarino subió a la superficie a duras penas, y todos aflojamos la respiración contenida cuando desde el puesto de mando nos comunicaron que todo estaba bajo control.
Los motores del submarino estaban parados y los mecánicos tuvieron que colocarse sus trajes de buceo para inspeccionar el motivo de la avería.
Cerca del lugar se encontraba una pequeña isla, y el capitán nos dio permiso para sacar la lancha y realizar una inspección.
La isla era exótica donde no había señales de vida, todo un paraíso, repleto de árboles plantas y flores de todas clases y colores y aves que jamás habíamos visto.
Encontramos una pequeña cueva, decidimos entrar y lo que encontramos fue lo mas sorprendente nunca visto, estaba repleta de dibujos ancestrales de animales plantas y personajes realizando actividades de caza, pintados en las paredes.
Saque mi cámara fotográfica hice unas fotos de aquellas pinturas, pensando en realizar una litografía de todo aquello, como recuerdo.
Regresamos emocionados al submarino por el hallazgo obtenido
y nos dijeron que la avería del submarino se debía a un enorme ciempiés marino que se había enredado en una de las hélices del submarino, pero que estaba reparado y podíamos continuar el viaje.