Érase una vez un búho que gustaba de dar caza por el día, mientras que por las noches escribía historias de terror. Este singular y excéntrico búho despertaba cada mañana para darse una vuelta por el bosque y posarse en su rama preferida.
Un buen día, el búho atisbó desde el árbol cómo, con paso ligero -y ligera de ropa- se acercaba por el camino una bella jovencita. No dudó el búho en dirigirse altanero a la señorita:
-¿Dónde vas tú tan rapidita, dulce Venusita?
-Voy a llevar esta cestita a mi abuelita... ¡Ah, por cierto! Y me llamo Caperucita... –contestó presumida y pizpireta.
-Pues espera y deja, si quieres, la cestita –abordó el búho-. Pues lo rico no está ahí...
No tardó el búho, en consecuencia, en abalanzarse sobre Caperucita, y mientras la desnudaba con sus garras y le comenzaba a dar picotazos por entre sus tiernos muslos, la joven damisela, inesperadamente, comenzó a lanzar unos agudos silbidos.
En tanto que el búho continuaba con su propósito, comprobó como un potente y retumbante sonido hacía temblar la tierra. Ante sus ojos hizo aparición un extraño vehículo que se adentraba en el claro del bosque. Se trataba de una especie de submarino, pero terrestre. Atónito, el búho vio abrirse la compuerta del submarino, mientras comenzaban a asomarse una especie de patas enormes. Seguían apareciendo patas y patas que se encaminaban hacia el exterior de aquel descomunal vehículo. Comprobó que aquella criatura se asemejaba a una especie de ciempiés gigante, que se dirigía amenazante hacia el búho, sin vacilar. En aquel momento, Caperucita, una vez incorporada, y tratando de arreglar sus ropas, extrajo una litografía de su cestita, y mostrándosela con una malvada y vengativa sonrisa al búho, dijo:
-Ya está aquí mi abuelita...
El búho echó un vistazo a la litografía de aquel monstruoso y terrible ser que, ya próximo a él, lanzó un impresionante alarido. Ante esto, el búho se valió de su útil defensa volátil y salió alas para que te quiero a toda velocidad hacia el exterior del bosque.
Después de aquel inolvidable y terrible incidente, pasadas unas noches, el búho dio por finalizada su historia. Así pues, se dispuso a imprimir en papel aquella terrorífica historia que hallara de manera inesperada . Curiosamente, el ruido de la impresora le traía a la memoria aquel espeluznante y temible alarido...
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