viernes, 17 de marzo de 2006
Primero de septiembre 2004. Zarauz. Guipúzcoa. Tres hombres se aproximan a la playa desde alta mar. Vienen a bordo de una barcaza patroneada por una recia pescadora de Motrico. Cuando se hallan a unos cien metros de la arena, los tres morroskos saltan al agua con cierta dificultad. Son hombres de edad avanzada y entrados en carnes, hombres acostumbrados a los restaurantes de lujo, al colesterol y a la cocina vaticana, con sus tocinos de cielo y Saint Honorés.

Cuando nuestros viajeros alcanzan el malecón, se dirigen al palacio de Narros, ubicado entre el pueblo y el rompeolas y por cuyas estancias, húmedas y antiguas, pasean sus siluetas invisibles unos fantasmas extranjeros. El Padre Pilón certificó su existencia y, desde entonces, forman parte de la familia, los Azlor de Aragón, unos parientes de San Francisco Javier.

Un hombre espigado y de piel blanquecina abre el portalón a los peregrinos. Es el duque de Palatas, uno de los numerosos propietarios del viejo inmueble. El duque abraza a uno de los peregrinos –Pocholón de Saturrarán- y da la mano al otro –Alexis de Zorrozúa–. A continuación, besa el anillo del tercer viajero. Se trata de Monseñor Gúrpide, pariente de un banquero que lo dejó todo por la poesía.

Los peregrinos acuden al Palacio de Narros para lograr que la iglesia no los excomulgue. Pocholón y Alexis son socios de referencia de la televisión que ha puesto de moda en España la telebasura y, si no suprimen estos programas de las parrillas, no podrán aspirar a entrar un día en el Reino de los Cielos. Pocholón y Alexis llevan unas noches sin dormir pensando en la excomunión pero les cuesta sacrificar los beneficios que proporciona la telebasura a cuenta de un reino que no ven: el de los Cielos.

Católicos liberales y practicantes, como lo fueron sus antepasados, los dos empresarios de la comunicación desean llegar a un acuerdo con la iglesia porque “si nos excomulgan –les dicen a sus mujeres por el móvil- , ni nos entierran en el panteón familiar de Derio, ni hay misa de cuerpo presente en San Ignacio o en los Jesuitas de la calle Serrano. Tampoco nos pondrían esquelas grandes en ABC”.

- ¡Ni habría obispos en mi funeral –le dice Pocholón a Duralex, su etxekoandre-; me enterrarían como a un masón!

El palacio de Narros era el lugar adecuado para celebrar reuniones con el representante del Estado Pontificio. En ese mismo lugar, Isabel II decidió, en 1865, no reconocer el poder temporal del papado al establecer relaciones entre España y el nuevo reino de Italia, ya unificado. Para neos y carlistas, la reina no podía haber caído más bajo y, para las huestes locales de esa ideología, el liberalismo había vuelto a hollar el sagrado solar vascongado al usarlo para semejante ocasión.

A las siete de la mañana del día siguiente, los dos empresarios de la comunicación y el representante papal se encuentran en el salón de Juan Alfonso. Su Eminencia comienza diciendo que “la responsabilidad de la telebasura no es de los que participan en ella, si no de quienes la toleran, de los directivos de las empresas de televisión y, sobre todo, de los accionistas de referencia. Los paparazzis, periodistas y gente de la farándula que salen a contar intimidades propias y ajenas se llevan el chocolate del loro, incluso a costa de mentir. La parte de león de los beneficios cae en manos de los grandes accionistas que se rodean de escoltas y convierten sus casas y sus vidas privadas en castillos infranqueables. A ellos no se les puede vigilar. Sólo a las gentes que ellos ponen de moda para luego chuparles la sangre”.

Al oír esto, Pocholón dijo a Su Eminencia que “los programas telebasura son simples confesiones de cara al público y que, en ese sentido, venían a cumplir la misma función que desempeñan las máquinas generadoras de humanidad, donde la gente grita, llora, insulta e incluso, pide perdón. Hay muchos programas de telebasura donde los participantes muestran arrepentimiento, y si hubiera allí un sacerdote, algunos hasta se confesarían”.

- Si no fuera por lo santa que es tu madre –dijo Su Eminencia a Pocholón–, ya te hubiéramos excomulgado. ¡Y a ver con qué cara te ibas a presentar en Las Arenas! Vuestra telebasura crea estados de preconflicto y no es necesario desempeñarse en el estilo que exige el ambiente que vosotros mismos creáis al dirigir los focos de la opinión a vuestro antojo.


Bitácoras Club de la Letras
Publicado por Desconocido @ 0:11  | Sólo por Comunicar
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Publicado por draamanda
sábado, 18 de marzo de 2006 | 13:38
Magnifica satira. He disfrutado leyendote
Publicado por SonyLuz
jueves, 23 de marzo de 2006 | 12:41
Me ha gustado mucho esta lectura. Os la recomiendo