jueves, 16 de marzo de 2006
Tras acabar unos cursos de globos aerostáticos en las montañas de Suiza, doña Anita de Urigüen se subió a bordo de uno, el Au Cabaret De La Derniére Chance, rosa y decorado con pósters de Yves Montand y Rodrigo Rato, y se puso en camino hacia los azules cielos de España.

Iba en compañía de Pierre Cabarrús, pariente del famoso ministro de Hacienda de José Bonaparte y amigo de Jovellanos, cuyo cadáver fue sacado de su tumba sevillana y lanzado al río Guadalquivir por los guerrilleros andaluces.

Mientras tanto, Evelyne y yo nos habíamos quedado al frente de la afamada sastrería neoyorquina, propiedad de doña Anita, esperando a que llegase John Kerry, uno de los clientes de la tienda. Cuando supimos que ésta sobrevolaba los cielos de Europa en compañía del noble bordolés, pensamos que esa relación podría acabar en el altar de una bonita ermita vizcaína una mañana de romería. Sin embargo, doña Anita negaba la mayor.

- Mi relación con Pierre -nos decía por el móvil- es puramente física y las católicas liberales como nosotras nunca ventilamos estos asuntos frente a los altares de las catedrales, sino en el interior de los confesionarios.

Cuando el globo surcaba el espacio aéreo madrileño, doña Anita activó el sónar aerostático y oyó los gritos de un hombre que decía ser “el Beethoven de la política nacional” y que, en cambio, negaba ser “el submarino de Prisa en la derecha”. Luego añadía:

- Esperanza tendrá que callarse porque su líder natural, Aznar, está de acuerdo en que yo sea vicesecretario general del partido y ella, presidenta del PP madrileño. Cuando, en 2008, sea presidente del gobierno tendré con Polanco las mismas consideraciones que le dispensaron Aznar, Rato y Alierta. Los españoles deberían felicitarse por tener un líder como yo.

A mediodía del 26 de agosto, el globo de doña Anita sobrevolaba Ibiza. Allí, al borde de una piscina, Cary, Carlos, Carla y Fran hablaban en confianza con Elian Stursky, presidente de una multinacional dedicada a las programaciones televisivas antibasura.

- La única manera de acabar con la telebasura –decía Elian– sería emitiendo en las cadenas de la competencia espacios sobre las vidas privadas y los secretos empresariales de quienes, desde el accionariado, toleran salsas rosas, grandes hermanos y crónicas marcianas.

Elian ponía ejemplos sobre las preguntas que podrían hacerse para poner en ridículo a los accionistas de referencia de las cadenas que dan pábulo a este tipo de programas.

- ¿De todo el consejo de Telecinco, quién es el administrador que lo tiene más largo? ¿Y a quién llaman El Colilla? ¿Cuánto le ha costado a Berlusconi su nuevo injerto capilar? ¿Qué régimen sigue Santi Ybarra para haber adelgazado medio kilo sin dejar de acudir a las embajadas y poniéndose morado a canapés? ¿Por qué Alechu Echevarría propuso a un abogado de la Diputación de Vizcaya, José Antonio Txartxaurrundi (Zarzalejos en vascuence), para director de El Correo? ¿Qué misterio del rosario reza Lola Churruca mientras cruza la Avenida de Zugazarte de Las Arenas, donde no hay paso de cebra?

Al atardecer, el globo de la hidalga euskalerriaka y el noble francés sobrevolaba ya el cielo de Sotogrande. Al llegar a la vertical del Puerto Marítimo, doña Anita escuchó por el sónar cantar el Boga boga a un hombre de aspecto frágil y pequeño, pero de voz y talante poderosos. Era Marcelino, el hijo del diputado de derechas Oreja Elósegui, quien pereció en Mondragón durante las revueltas de octubre de 1934, mientras hacía frente a los revolucionarios.

Todo el mundo sabe en Sotogrande que, poco antes de tener una ocurrencia, Marcelino suele ponerse a cantar. Es una prerrogativa que el destino concede a los Oreja en virtud de su apellido, una concesión al oído por parte del Altísimo. Cuando Marcelino canta, lo hace en vascuence. Así ocurrió unos días antes de que le nombrasen ministro, tres antes de que lo mandaran a Vitoria como delegado del Gobierno y noche y media antes de que le llamase Esther Koplowitz para ofrecerle la presidencia de FCC.

Cuando los Entrecanales supieron que Marcelino llevaba unos días cantando como si fuera un ruiseñor, se pusieron manos a la obra. Como para ellos los cánticos de Marcelino no pasan desapercibidos, José María y Juan enviaron un mensaje al presidente de Acciona, José Manuel, veraneante de Sotogrande. “Disfrazaos Claudio Aguirre y tú –decía el SMS– de paparazzis y haced guardia frente a vivienda de Marcelino. Vigilad movimientos sospechosos y conversaciones con marqueses de Cuba. Aseguraos de que no hay trama contra Acciona. Sed educados. Sobre todo, no os comportéis como los paparazzis de Fran y Eugenia”.

Para cuando las campanas de la iglesia de Torreguadiaro tocaban las once de la noche, ya estaban José Manuel y Claudio frente a la casa de los Oreja disfrazados de periodistas, observándolo todo con la impunidad propia de los fotógrafos de la prensa del corazón, pero sin la voracidad con la que los integristas del papel couché y la telebasura vigilan a Eugenia, Fran y Cary Lapique.

Hacia las dos de la madrugada comenzó a cantar Marcelino. Las gaviotas, las avutardas y los ruiseñores que poblaban los alcornocales de las parcelas colindantes - la de Macu Palacios y María Vallejo Nájera- se preguntaban si sería Pavarotti. Asomado a la ventana de su dormitorio, Marcelino cantaba con mucho sentimiento. Una señora que pasaba por allí y era antigua votante de AP, se puso a aplaudirle con frenesí.

Mientras tanto, metido en sus asuntos, Claudio Aguirre le iba traduciendo a José Manuel Entrecanales cada palabra que pronunciaba Marcelino en su florido vascuence de la costa guipuzcoana. Por su parte, José Manuel, a través del móvil, trasladaba a su familia lo que le iba diciendo Claudio.

- Marcelino le está dedicando a Rajoy unas canciones -comentaba Claudio-. Le dice que nombrando a Gallardón vicesecretario general del PP, nombra a Prisa miembro del Comité Ejecutivo del partido. Así, cuando lleguen las elecciones generales, te quitarán a ti y le pondrán a él. Entonces, los de Prisa serán los amos y señores de la izquierda y la derecha.

Eran las siete de la mañana en Nueva York cuando algo sonó en el piso de arriba y nos despertó. Fue un golpe seco y contundente. Cuando subimos las escaleras, nos encontramos con que doña Anita se había caído de la cama. “He tenido –decía entre bostezos- unos sueños supermovidos”.


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Publicado por Desconocido @ 0:08  | Sólo por Comunicar
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Publicado por Birukita
jueves, 16 de marzo de 2006 | 12:14
Que bello texto cargado de humor sútil y buen hacer